
El mayor desafío que tenemos como seres humanos probablemente sea conquistar nuestra libertad.
[Ganarle la batalla al tiempo y a las redes artificiales que nos devoran, habitar nuestros cuerpos, realizarnos completamente.]
Y en ese desafío nos enfrentamos a distintas cárceles.
Una de estas cárceles la construimos nosotros mismos. Es una cárcel cuyos bordes fabricamos de manera automática al llamarnos yo.
La delimitación individual es fundamental porque necesitamos un yo como vehículo para movernos en el mundo. Y, al fin, que ese yo sea vehículo para liberarnos.

Le llamé yo a muchas formas de ser.
Me conté muchas historias sobre mí.
Me puse trajes y adopté papeles para hacer lo que creí que tenía que hacer. Muchas veces eso que tenía que hacer le ganó a lo que sentía o necesitaba. Lo que tenía que hacer era como una autoimposición que le ganaba a lo que yo era en lo más profundo y no podía expresarse.
Me llamé yo la rara que no encajaba en ningún lado, me llamé la que siempre está para todos, me llamé la que se cansa del mundo y quiere ver sólo una montaña, la que resuelve, la celosa, la que evita los conflictos, la que está para ayudar, la que escucha, la que siempre está en pareja, la que se mudó mil veces, la intensa, la aburrida.
Muchas veces me perdí buscando eso que es más real y no quise delimitar al yo ni identificarme con nada.
En esos periodos experimenté un vacío de sentido a partir de la pérdida de identidad, que fueron los más fértiles para encontrar algo de verdad, algo más real, acercándome más a lo que vive en mi esencia.
Hace poco, atravesé a conciencia un periodo más dictando Encuentros con el Yo-Real, como una forma de encontrarme a mí misma.
Es necesario perderse por periodos para encontrar algo real. El que se pierde es el Buscador en busca de su Verdad.

Cuando le damos al yo una forma que se acostumbra al hacer, al actuar, al tener y nos identificamos con las máscaras, el papel se pega al ser y nos desconectamos de lo real.
También, al contarnos una historia sobre nuestra vida, ese relato se fija y nos condiciona.
El atman vivía en la primordialidad. Cuando dijo “yo” se apartó de su estado original, y penetró en el estado de identificación con todos sus sentimientos.
Leí eso en un libro, en un capítulo titulado "De Narciso al Grial": ahí dice que el término ego traducido del sánscrito es ahamkara, que significa “hacer yo” o “identificación”.
Le llamamos yo a lo que sentimos, a lo que hemos vivido, a lo que pensamos (que muchas veces ni siquiera es propio).
Una de las constantes de mi vida es la transformación desde la raíz, mil veces renacer; así desarrollé herramientas para reconstruir mis bases.
En una nueva renovación, transito el recorrido, la búsqueda de la Verdad que es la verdad del espíritu a través mío.
Mientras el mundo exterior se destruye, esa destrucción nos permite aniquilar las partes de nosotros mismos que responden al personaje reactivo de este mundo; así me propuse hacer de mi día cotidiano una práctica de sí para forjar mi ser con acciones naturales que hago y disfruto. Para que el ser florezca en el hacer.
Otro libro que apareció en mis manos y lo tenía pendiente, me vino justo:
El arte del tiro de arco no significa habilidad deportiva en la cual predomina el dominio físico, sino maestría cuyo origen ha de buscarse en ejercicios espirituales, pues la finalidad es acertar en lo espiritual. En el fondo, el tirador apunta a sí mismo, y tal vez, logre acertar en sí mismo.
Me hago estas preguntas mientras recreo mi vehículo de conexión con el mundo.
No quiero construir un papel que se pegue a mi rostro, esta vez quiero crear un vehículo que exprese directamente mi ser en el hacer.
Comencé este texto diciendo que el mayor desafío que tenemos es conquistar nuestra libertad.
Recuerdo diariamente que la naturaleza también está encadenada, como el espíritu.
Y la forma de liberar a ambos es expresar en el cuerpo y en el hacer a mi ser real para, en esa unión, ganar la batalla final.
Julieta Paulos Jones